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lunes, 2 de julio de 2018

La derrota

Tras un fin de semana de disputas futbolísticas en el Mundial de Rusia, varias selecciones reconocidas han caído, entre ellas la española. Los futbolistas han sufrido la derrota, pero también y sobre todo lo han hecho las aficiones.

Me ha llamado poderosamente la atención la manera de empatizar que tienen los seguidores. Desde niños hasta ancianos tienen la capacidad de emocionarse, de gritar, de que su corazón aumente la velocidad de las pulsaciones ante una jugada con posibilidades de triunfo, de llorar, y son la viva imagen del sufrimiento.

Me pregunto si millones de personas sufren porque su equipo pierde, por qué no existe ese sentimiento cuando pierde el ser humano a secas, sin millones en su cuenta bancaria. Qué motiva que no lloremos o se nos erize el bello cuando hay cientos de personas abandonadas a la deriva sin que ningún país se preste a recibirlos o cuando escuchamos el llanto aterrorizado de niños que han separado de sus padres.

Hoy, que debería ser un lunes cualquiera, el espacio mediático lo ocuparán los testimonios y comentarios sobre el partido, el acierto o no del seleccionador y las dudas sobre si seguirá al frente del equipo. Lo entiendo. El fútbol por desgracia mueve millones, pero otros hechos de la actualidad no deberían dejarnos ni pestañear y, sin embargo, no les prestamos asunto.

sábado, 2 de junio de 2018

Gofio

El pasado día de Canarias fui a una gasolinera y uno de los dependientes me ofreció un sobre con gofio. Me fui contenta con mi regalo y cuál fue mi sorpresa al conocer que las nuevas generaciones están aprendiendo en el colegio desde la educación infantil a preparar gofio amasado. Nada mejor que nuestro cereal, solo, con leche, en el potaje, amasado con plátanos, almendras o como gusten tomarlo. Me enorgullece saber que uno de los elementos de nuestra gastronomía forma parte también de nuestro día a día.

Por otro lado, el mismo día fui a un supermercado, que para mi sorpresa abría el festivo. En las cajas las trabajadoras iban vestidas con el traje típico de las Islas. "Bonito gesto", pensé, pero enseguida me chocó el acento de la cajera que pronunciaba: "CatorCe con veintiCinco Céntimos" y resalto las C porque ella no seseaba. Entonces no me pareció tan buena idea lo de la indumentaria. Está bien vestirse con el traje tradicional si eres canario o si lo sientes, pero no tanto si te lo impone tu empresa a modo de disfraz, como cuando te endosan el gorro de Papa Noel en Navidad.

A mí no me gustaría que me hicieran vestirme con el traje de otro lugar. Igual me apetece ponérmelo y eso sería genial, pero que no se imponga, porque la vestimenta tradicional canaria representa una cultura y es fruto de la tradición de los antiguos pobladores de nuestra tierra. Está mal que se reproduzca el patronaje desde industrias textiles, porque no se trata de churros, de una camiseta o un bañador, sino que entraña la idiosincrasia del pueblo canario.

jueves, 1 de septiembre de 2016

Orgullo al volante

Si eres conductor seguro que vas a entender el planteamiento que desarrollo a continuación. Todos los días al coger el volante y circular por carretera estamos expuestos a cualquier riesgo: a provocar atropellos, choques o accidentes; pero el principal factor para evitarlos es la cautela y la atención. Desde luego que todos podemos cometer errores o imprudencias porque hay varios factores que inciden en la calidad de la conducción, como el cansancio, la luminosidad, etc.

Frecuentemente suceden despistes que en la mayoría de ocasiones no llegan a mayores gracias a la rápida intervención de uno de los conductores. Cuando no es así, podría decirse que va el orgullo al volante. Supongo que todos han presenciado a personas a las que les es muy fácil discutir o provocar disputas con otros conductores o incluso con viandantes.

Cuando sucede una situación de peligro que por fortuna puede evitarse, es de recibo agradecer a la otra persona implicada que se haya solventado la situación. En lugar de esto, hay individuos que parecen sentirse heridos en el ego más profundo y se dedican a insultar o a generar polémica. En una circunstancia como ésta, y cuando me ocurre personalmente pido disculpas sacando la mano para agradecer que han entendido que me he equivocado, sin más. La madurez radica en saber que todos erramos y asumirlo sin mayor perjuicio.